| « 3º DOMINGO DE CUARESMA | LOS FRUTOS QUE ESPERAS DE MI » |
Por OSCAR JULIÁ VILLACAMPA
Una vez más Dios se nos muestra con todo su esplendor y grandeza de corazón. Es su amor hacia los hombres, su inmensa misericordia y su espera aquellos aspectos que podemos destacar de este pasaje.
Recientes acontecimientos como los terremotos de Haití y Chile, las decenas de dolorosos casos de huelgas de hambre, las guerras abiertas en todo el planeta que siegan la vida de miles de personas… además de diferentes situaciones personales o sociales, nos muestran como la humanidad convive con el dolor, el sufrimiento y el mal.
Nos podemos preguntar, ¿y Dios cómo permite esto?, ¿por qué tanto dolor y sufrimiento?, ¿qué hace Dios?
Seguimiento:
Él nos da su respuesta clara y abierta. Dios no nos juzga, nos escucha. Ante la pregunta, no nos da una solución, nos invita por medio de otra pregunta a la reflexión, ¿Pensáis que…? En nosotros está la respuesta. No nos condena sino que nos tiende puentes de salvación. Una fe y confianza en la persona como respuesta. Dios es paciente, espera en nosotros y espera de nosotros el fruto. Un fruto que es libertad y cambio personal.
En estos días estamos invitados a la conversión, al cambio… eran más pecadores…,… eran más culpables… En las diferentes situaciones no estamos llamados a juzgar, nuestra respuesta es cultivar, cultivar la viña para dar los verdaderos frutos que cada uno de nosotros llevamos dentro, cultivar la felicidad en nuestras vidas y en la de todos los hombres. Es cierto que hay cosas que no podemos apartar: la enfermedad, los trágicos fenómenos naturales… pero podemos crear nuevas situaciones para mejorar todas ellas.
Nuestra fe es la fe en Cristo resucitado, es la fe de la alegría de la vida eterna. No debemos vivir preocupados o atemorizados por los males. Como Dios hemos de confiar en la persona como bien supremo, no somos terreno en balde, somos esperanza, a ver si da fruto. Esperanza para nosotros mismos y para la humanidad
Me pregunto que diría el viñador si al año siguiente la higuera siguiera sin dar fruto, y creo que año a año diría: Señor, déjala todavía este año...
Nosotros, como la higuera que debe subir, hemos de ir creciendo con la ayuda del viñador, una ayuda que nos viene de la Palabra de Jesús, del encuentro con los más necesitados, de nuestras plegarias y oraciones… ese es el cambio al que estamos llamados, a hacer vida en nuestras vidas a Jesús y a cada uno de los hombres y mujeres que viven y vivirán con nosotros.
OSCAR JULIÁ VILLACAMPA
