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4º DOMINGO TIEMPO ORDINARIO
HOMILIAS
HOMILÍA
Hemos escuchado las lecturas propias del cuarto domingo del tiempo ordinario. Un domingo que precede a celebraciones y fiestas muy entrañables para nosotros: la candelaria, san Blas, Santa Águeda. Un domingo que nos presenta a un Jesús actuando ya como Mesías, con poder para echar el mal del interior de las personas y llenarlas de paz y de serenidad. Un domingo que nos recuerda que estamos llamados a sentirnos familia cristiana. Familia que se reúne, que reza junta, que se perdona, que se da la paz, que se compromete a vivir fuera, lo que hemos aprendido y reflexionado aquí dentro.
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La primera lectura la hemos tomado del libro del Deuteronomio. Un libro del Antiguo Testamento cuyo nombre significa “segunda ley”. Hemos visto cómo al pueblo de Israel le asustaba la manifestación del Señor cuando se ponía en contacto con ellos. Por eso, le piden a Moisés que interceda ante Dios para que su Palabra les llegue a través de profetas y no directamente. El Señor accederá a la petición del pueblo y suscitará de vez en cuando a personas buenas que dirán en voz alta y clara lo que Él quiera comunicar al pueblo. Esas personas serán llamadas profetas. Conocemos los nombres de los profetas del Antiguo Testamento. Pero es bueno saber que el Señor ha venido suscitando nuevos profetas a lo largo de la historia. Bueno será escucharles cuando descubramos su presencia en medio de nosotros.
La segunda lectura la hemos tomado de la primera carta que el apóstol Pablo escribió a la comunidad cristiana de Corinto. Les habla de los diversos estados de la vida: de la soltería, del matrimonio. Todo es bueno pero, si alguien quiere dedicarse en profundidad al Señor y a la causa del evangelio, será mejor que no busque formar una familia y que dedique todas sus energías y todo su tiempo a la misión para la que se siente llamado. Pablo no trata de imponer nada a nadie pero sugiere que el servicio total al Señor requiere una disponibilidad completa. Esto es lo que hoy hacen las personas consagradas, los misioneros, los monjes. Recemos hoy, de una forma especial, por ellos.
El relato del evangelio de Marcos nos ha hablado de la curación de una persona que parecía estar poseída por el mal. Jesús, con una autoridad que no parecían tener los jefes religiosos del pueblo, ordena que el mal salga de esa persona y que el bien, la paz y el amor ocupen su lugar. Este milagro llenará de asombro a los testigos que vieron el hecho y será el punto de partida de una fama que perseguirá a Jesús hasta el final. Pidamos al Señor que nos ayude a vencer el mal que pueda haber en cada uno de nosotros. Solos, en ocasiones, no podremos pero, si contamos con su ayuda, todo será posible. Él, no dejará de escuchar la súplica de quien le pide de corazón: “ No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.”
