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NO SOY EL MESÍAS
EVANGELIO COMENTARIOS
III Domingo de Adviento. Ciclo B
En Betania, futuro lugar de descanso para el Señor, se desarrolla la escena de este relato evangélico; a Juan Bautista se le acercan unos sacerdotes y levitas con la intención de obtener información sobre su persona; pero las primeras líneas del evangelista quedan bien claras quién era el precursor.
Sólo un humilde testigo, por medio del cual todos debían creer en la Luz; nos anticipan estas primeras palabras lo que acontecerá en el diálogo entre el bautista y los fariseos; ¿quién eres tú para que podamos decírselo a los que nos envían? Tenía bien claro Juan que no era el Mesías; no había sido el enviado por Dios para llevar al pueblo a la salvación y eso lo tenía muy claro. Ni siquiera se consideraba digno de desatarle los cordones de la sandalia al Ungido.
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No soy el Mesías; su respuesta es clara; no quiere que le confundan con el verdadero Mesías y el Cordero de Dios; la figura de Juan casi siempre se representa señalando con el dedo o la mano a alguien: a un cordero, a alguien que se acerca al Jordán a bautizarse… Y es que esa fue su misión: anunciar y señalar al Hijo del hombre a los demás. No era la luz, sino testigo de la luz; no era el Mesías, sino el que lo reconoció y así lo anunció a los demás.
Es una hermosa misión de la cual tenemos mucho que aprender otros; a veces nos creemos el ombligo del mundo, incluso nos dejamos llamar maestros, o padres… Sólo uno es nuestro Maestro y Señor, Cristo, el Hijo de Dios; Juan es la voz que clama en el desierto, en ese lugar por el que había caminado Israel durante el éxodo. “Preparad el camino del Señor”, dejad que habite en vuestros corazones, abrid de par en par vuestras puertas al Mesías que viene, que ya está entre vosotros.
Juan no es Elías, ni el profeta, ni el Mesías; podríamos decir que es “nadie”, entendiendo que quiere permanecer en el anonimato, en un segundo plano; lo importante no es la señal que nos anuncia algo que va a venir; lo realmente importante es lo que está por llegar; cumplía su misión de mensajero, de precursor, de pregonero de que estaba por llegar el Mesías; y ahí radica su grandeza, a la cual rehusaba humildemente el bautista: preceder en el tiempo y en la predicación al Hijo de Dios.
¡Qué dignidad la de poder ser el telonero de todo un Dios que se había decidido, desde el comienzo de la creación, a hacerse uno de nosotros para mostrarnos la dignidad del hombre y la maravillosa misericordia de Dios!
Supo Juan preparar perfectamente el camino al Señor, enderezar la senda torcida para que todos pudiéramos descubrir a quien señalaba. Ahora, gracias a su mano que muestra al Mesías, todos podemos acercarnos a Jesús, el Cristo.
