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VII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO
HOMILIAS
HOMILÍA
Hemos escuchado la Palabra de Dios que nos ha presentado este domingo, séptimo del tiempo ordinario, el último antes de comenzar, el próximo miércoles, el tiempo cuaresmal. La ceniza que, ese día, se impondrá sobre nuestras cabezas será una señal, un signo visible y público de que vamos a entrar, con todas las de la ley, en ese tiempo cuaresmal. Las lecturas de este domingo en el que estamos, quieren prepararnos para vivir mejor la cuaresma. Nos han hablado de pecado y de perdón, del amor de un Dios que nos quiere y que busca nuestra conversión y nuestro arrepentimiento.
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La primera lectura la hemos tomado del libro del profeta Isaías. Él se dirigía a su pueblo y le llamaba la atención sobre su conducta, sobre esos pecados que rompían la amistad con el Señor y también con el prójimo. No se olvidaba el profeta de mostrar también el rostro misericordioso del Padre Dios, en cuya boca ponía estas palabras: “Yo, yo eran quien por mi cuenta borraba tus crímenes y no me acordaba de tus pecados.” Bueno es que nosotros, ya desde ahora, tomemos conciencia de nuestros propios pecados, de nuestros fallos, de las cosas que no hacemos bien, del daño que causamos con nuestras palabras y nuestras obras a ese prójimo que camina a nuestro lado. Bueno es que caigamos en la cuenta también de nuestro alejamiento de Dios al que solo recurrimos cuando tenemos necesidad de él. Y bueno es que sepamos que Dios acoge nuestro arrepentimiento y lo transforma en perdón y en reconciliación.
La segunda lectura la hemos tomado de la carta que San Pablo escribió a la comunidad cristiana de Corinto. Les habla de Jesús en el que se han cumplido todas las promesas hechas en el pasado y de cómo el Señor nos ha sellado, nos ha ungido y ha puesto en nuestros corazones su Espíritu. Vamos pedir a este Espíritu que nos ayude a entrar con humildad y sencillez en el tiempo cuaresmal. Ese tiempo en el que, poco a poco, iremos moldeando nuestro corazón al estilo del de Jesús y con el que compartiremos, al final, la alegría de sentirnos renovados, resucitados, convertidos en hombres y mujeres nuevos.
El relato del evangelio nos ha puesto sobre el tapete la escena de la curación del paralítico. Una curación doble, como sabemos, porque Jesús, antes de devolverle la salud física, le perdona los pecados. Y así, curado en su cuerpo y en su alma, puede volver de nuevo a su casa plenamente renovado. Como hemos visto, ese perdón de los pecados causa una cierta extrañeza en los que presencian la escena porque creen que sólo Dios tiene poder para perdonar los pecados de los hombres. Nosotros sabemos que Jesús es Dios en el más pleno sentido de la palabra y perdonará nuestros pecados y nos llenará de su paz y su amor.
