
REFLEXIÓN
Es cierto que el precepto del amor a Dios y el amor al prójimo está presente ya en el Antiguo Testamento, pero Jesús lo impregna de novedad al darle unas notas propias y peculiares que hay que tener muy presentes.
Santiago, Cristo Rey y El Pilar

REFLEXIÓN
Es cierto que el precepto del amor a Dios y el amor al prójimo está presente ya en el Antiguo Testamento, pero Jesús lo impregna de novedad al darle unas notas propias y peculiares que hay que tener muy presentes.

REFLEXIÓN
El único Dios de todos los pueblos. Lo reconocen hasta los enemigos, los que van a poner una trampa a Jesús:” No miras lo que la gente sea”. La mirada del hombre se centra en las apariencias, en la religión que practica o en el grupo social al que pertenece. A Jesús no le importa si uno es romano o judío; si es herodiano o fariseo. La mirada de Jesús es más profunda: descubre que toda persona humana está hecha a imagen y semejanza de Dios. Ese es su documento de identidad, su ADN más profundo. Cuando unos misioneros dejan su patria, su familia, sus amigos, no van como una ONG. Van a ayudar a aquellas gentes a que descubran su dignidad, esa imagen de Dios escondida en su corazón. Y, a partir de ahí, a ofrecerles lo mejor que llevan en su corazón: la fe en Jesucristo, la Imagen perfecta de Dios.

REFLEXIÓN
Jesús invita a todos a la fiesta. El Reino de Dios se parece a unas bodas. Y en las bodas hay alegría, música y baile. El primer escrito del Papa Francisco nos habla de la “Alegría del evangelio”. Jesús, en sus parábolas más importantes nos habla de “un tesoro” (lo más valioso) y una perla (lo más precioso); de una pesca abundante; de un Pastor que encuentra a su oveja; de un padre de familia que saca del arca el vestido de fiesta. El Evangelio está lleno de expresiones que nos conducen a la idea de Fiesta, de Abundancia, de Vida plena.

REFLEXIÓN
Esta parábola no fue recogida por los evangelistas para alimentar el orgullo de la Iglesia, nuevo Israel, frente al pueblo judío, dispersado por todo el mundo. La preocupación era otra: ¿le puede suceder a la Iglesia lo mismo que le sucedió al antiguo Israel? ¿Está la Iglesia a la altura de lo que le pide Dios? Ciertamente, es la Iglesia soñada por Dios; pero ¿está respondiendo a esos sueños? Vamos a analizarlo en tres partes:

REFLEXIÓN
El Señor dirige unas palabras muy duras a los sumos sacerdotes y jefes del pueblo que le oían: –“Yo os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios”. ¡Un juicio duro, pero muy certero! ¿Por qué? Porque los pecadores y las prostitutas son como el primer hijo de la parábola: a pesar de que sus palabras no eran las más “bonitas” y adecuadas, ellos hicieron la voluntad del Padre: creyeron en Cristo y se convirtieron ante su predicación.

REFLEXIÓN
Una parábola desconcertante. Al principio, todo parece normal. Se trata de un buen propietario que contrata a los jornaleros con un denario y después quiere que su finca produzca más. Por eso contrata a lo largo del día a otros, incluso en la última hora. Podemos pensar en su aspecto social: le preocupa la gente en paro, la pobre gente que no tiene para dar a sus hijos el pan de cada día. Pero, a la hora de pagar, da a todos el mismo jornal. Y esto sorprende y hasta escandaliza. Podría el propietario haber comenzado a pagar a los primeros y después a los demás. Se habían ido marchando poco a poco y no se hubieran enterado de lo que pagó a los últimos. ¿Por qué no lo hizo?

REFLEXIÓN
La importancia del perdón en las primeras comunidades. La importancia del perdón en las comunidades primitivas está motivada por la importancia que le dio Jesús. Lo afirma en el Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt.6, 12). Es decir, lo mismo que el pan es necesario para vivir, el perdón es necesario para “convivir”. Lo exige para poder celebrar la Eucaristía: “Si al tiempo de presentar tu ofrenda ante el altar caes en la cuenta de que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda y vete a reconciliarte con él” (Mt. 5,23-24). Y sabemos que Jesús se muere perdonando a los que lo están asesinando (Lc.23, 34).

REFLEXIÓN
La lectura de este evangelio quiere recoger un tema muy querido por el evangelista: “Dios está con nosotros”. Comienza su evangelio diciendo que Jesús es el ENMANUEL (1,23) Y acaba diciendo que “estará con nosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos” (28,20”. En cualquier lugar en que se reúnan los cristianos en su nombre, allí estará Él. Cristo Resucitado sigue presente siempre en su Iglesia.

REFLEXIÓN
El seguimiento, es muy importante en todos los evangelios. Se trata de abandonar cualquier otra manera de relacionarse con Dios y con los demás, y entrar en la dinámica espiritual que Jesús manifiesta en su vida. Es identificarse con Jesús en su entrega total a los demás, sin buscar para sí nada que pueda oler a poder o gloria. Es hacer un viaje fantástico del yo al Tú; de mi “yo” al “Tú” de Jesús.

Y, VOSOTROS ¿QUIÉN DECIS QUE SOY YO?
La pregunta de Jesús a los discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? es una pregunta abierta para todos los discípulos de Jesús de todos los tiempos. Es una pregunta concreta, incisiva, que nos lanza Jesús hoy a cada uno de nosotros. A lo largo del mismo evangelio se van dando distintas respuestas: unas falsas, otras insuficientes y otras que son auténticas. En la misma persona de Pedro se dan estas dos últimas.
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