
HOMILÍA
En este último domingo del mes de noviembre, comenzamos el llamado tiempo del Adviento; el tiempo que nos va a preparar para recibir al Jesús que nace en la Navidad. Y lo vamos a hacer, como ya hemos recordado en alguna ocasión, de la mano del evangelista San Mateo. El Adviento, como ya sabemos, es tiempo de espera, de esperanza, de penitencia, de conversión. El Jesús que nació en Belén quiere hacerse presente también en el corazón de cada uno de nosotros. Desde el primer día, preguntémonos que es lo que el Señor no puede estar pidiendo para vivir con intensidad el ya próximo tiempo de la Navidad.
La primera lectura la hemos tomado del profeta Isaías. Nos habla de una llamada que el Señor nos hace para salir de nuestros egoísmos y abrirnos a la venida del Mesías. “Ese que Juzgará entre las naciones, y será el árbitro de pueblos numerosos. Ese que hará posible que de las espadas se forjen arados y, de las lanzas, podaderas. Ese que abrirá el camino hacia la paz. Ese que hará posible que no se alce la espada de un pueblo contra otro pueblo y en el que nadie se adiestre para la guerra.
La segunda lectura, de San Pablo a los Romanos, nos insistía en que, si esperamos a Jesús, debemos dejar a un lado las obras de las tinieblas y ponernos las armas de la luz. Algo debe cambiar dentro de nosotros para que el Mesías encuentre, en todos los cristianos, el mejor Portal de Belén. Debemos comenzar a revestirnos de los sentimientos y pensamientos de aquel a quien estamos esperando.
El evangelio de San Mateo nos impulsaba a mirar hacia esa venida de Jesús que tendrá lugar al final de los tiempos. Él está viniendo continuamente a nuestras vidas: cuando le invocamos, cuando rezamos ante el Sagrario, cuando hacemos el bien, cuando amamos y vendrá en el momento de nuestra muerte cuando escuchemos: Hoy estarás en el Paraíso
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