
HOMILÍA
Celebra hoy la Iglesia la Solemnidad de la Ascensión de Jesús a los cielos. Atrás han quedado los días amargos de la Pasión y de la muerte en la Cruz, la breve estancia en el sepulcro, los días gozosos y llenos de paz de ese tiempo en el que el Resucitado convive con los suyos y en el aprovecha para darles las últimas instrucciones. Pero, todo tiene su fin. En el horizonte, está previsto que Jesús deje de estar visiblemente presente, que desaparezca de la vista de los suyos, que ascienda al cielo. Claro que no les va a dejar solos. Tras su partida, les enviará el Espíritu Santo que les recordará lo que él les ha dicho, que les fortalecerá.
La primera lectura la hemos tomado del libro de los Hechos de los Apóstoles en la que se nos narra esa marcha de Jesús y la encomienda que les hace: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra.” También nosotros, tras recibir al Espíritu Santo, se nos hace el mismo encargo: Ser testigos de Jesús, de su resurrección, allí donde nos encontremos y en todos los lugares a donde podamos llegar. Todos deben poder ver en nosotros a testigos suyos.
La segunda lectura, de la carta de San Pablo a los cristianos de Éfeso, nos habla, sí, de la resurrección de Jesús y nos recuerda también que debemos comprender cuál es la esperanza a la que somos llamados, viviendo en esa familia cristiana que es la Iglesia. Una familia cristiana que se funda en Jesús Resucitado, que está sentado junto al Padre en el cielo por encima de todo principado, poder, fuerza o dominación.
El relato del evangelio contiene las últimas palabras del Evangelio de Lucas en la que se nos cuenta la ascensión de Jesús a los cielos y se nos vuelve a insistir en la necesidad de ser sus testigos ante los hombres a través de la fe, de la esperanza y del amor. Que él nos acompañe.
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