
HOMILÍA
Está a punto de terminar el mes de septiembre y la Palabra de Dios ha vuelto a resonar en esta iglesia y, en todas aquellas del mundo entero, en los que se celebra la Eucaristía. ¡Qué bueno sería que, en la medida en que pudiéramos, llegáramos con tiempo a la celebración para preparar nuestra mente y nuestro corazón! Probablemente, la viviríamos de otra manera. Quizás con más intensidad, con más vigor, con más ardor. Y nos dejaría una huella más profunda al salir de ella.
La primera lectura, como el domingo pasado, la hemos tomado de profeta Amós. Una vez más, nos ha vuelto a insistir en la necesidad de abrir nuestros ojos al drama de la pobreza. Si no lo hacemos así, si nuestra opulencia nos hace pasar indiferentes ante los necesitados, estaríamos sellando, para mal, nuestro destino en el más allá.
La segunda lectura, de San Pablo a Timoteo, nos ha mostrado una lista de palabras que constituyen todo un programa de vida: “Busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre.” Recordémoslas para vivirlas, para tenerlas como objetivo, para que llenen nuestra vida. “Combate el buen combate de la Fe” le decía también el Apóstol Pablo. No se trata, ya lo entendemos, de luchar para imponer nuestras creencias, sino de vivir de tal manera que lleguemos a convencer, por las buenas, a aquellos que nos oyen y nos ven.
El evangelio de San Lucas nos ha recordado la parábola del rico que vive indiferente a la suerte del mendigo Lázaro que sufre y pasa hambre a las puertas de su casa. Cuando ambos, al final de su vida, reciben su merecido, este es muy diferente. Uno, pasa al seno de Abrahán, al cielo. El otro, se ve separado de la felicidad y de la gloria. ¡Ojalá que esta parábola cale muy profundamente en nuestros corazones, ya que también fue dicha para cada uno de nosotros!
Debe estar conectado para enviar un comentario.