
HOMILÍA
La Comunidad Cristiana celebra, en esta Jornada del uno de noviembre, la Solemnidad de Todos los Santos. A lo largo del año litúrgico, hacemos memoria de muchos santos y santas. Algunos de los cuales, son muy conocidos por todos nosotros. A otros, les invocamos con frecuencia, porque les tenemos una gran devoción y ponemos en sus manos nuestros problemas y necesidades. Unos vivieron en el comienzo del cristianismo; otros, a lo largo de la historia; también los hay muy cercanos a nuestro momento actual. Incluso les llegamos a conocer; al menos, a través de los medios de comunicación social.
Hoy la Iglesia nos invita a honrar a todos ellos: a los conocidos y desconocidos. También quiere que demos gracias a Dios por el don de la santidad que ha ido derramando sobre tantos miles de hombres y mujeres, niños, adultos, ancianos. No se trata solo de honrar a los que ya son santos, sino también de estimularnos, a todos y a cada uno de nosotros, para que nos esforcemos, con la ayuda de Dios, en alcanzar esa misma santidad. Todos estamos llamados a ser santos. Dejémonos conducir por la mano amorosa de Dios.
Y ¿qué tenemos que hacer para ser santos? Hoy Jesús, en el evangelio, en las Bienaventuranzas, nos ha dado las pautas que necesitamos. Alcanzaremos la santidad si sabemos ser pobres; si la mansedumbre forma parte de nuestra personalidad; si estamos cerca de lo que lloran, de los que tienen hambre y sed, de los pobres y necesitados; si limpiamos, con frecuencia, nuestro corazón; si trabajamos por la paz; si permanecemos fieles cuando seamos perseguidos o calumniados.
No podemos terminar esta reflexión sin hacer hincapié en esos seres queridos que nos dejaron y cuyas tumbas visitamos estos días en el cementerio. Recemos por ellos y que el consuelo nos conforte a todos.
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