
HOMILÍA
Nos encontramos celebrando la Eucaristía del tercer domingo de Pascua. Sabemos que el Señor nos espera, aquí en la iglesia, todos los días. Él es el Padre, nosotros somos sus hijos. ¡Qué bueno es encontrarnos mutuamente, sentir su cálida presencia, saber que nos está escuchando y alentando en nuestras luchas! Vengamos a Misa con frecuencia, sintamos vivo a Jesús en nuestros corazones, participemos en la recepción de la comunión y en la escucha de su palabra.
La primera lectura la hemos tomado del libro de los Hechos de los Apóstoles. La voz del apóstol Pedro se hace sentir en medio de una gran muchedumbre. Es la voz que proclama la Resurrección de Jesús recordándonos antiguas palabras atribuidas al rey David: “No lo abandonará en el lugar de los muertos y su carne no experimentará la corrupción”. A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Que nuestro testimonio vital proclame con fuerza también que Jesús no quedó en el sepulcro. Que le sentimos vivo.
La segunda lectura nos ha mostrado de nuevo al apóstol Pedro que no se cansa de anunciar la gran noticia, ya prevista en los siglos pasados: “Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios”.
El relato del evangelio de Lucas, tan conocido por todos nos habla de un encuentro de Jesús resucitado con dos discípulos que, en un principio, no lo reconocen. Le escucharán, le invitarán a compartir mesa y pan, le descubrirán finalmente y saldrán dispuestos a ir de nuevo a Jerusalén para compartir, con los apóstoles, la gran noticia. A Jesús le reconoceremos todos en el pan de la eucaristía que celebramos cada día.
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