
HOMILÍA
Cada domingo, la Palabra de Dios, tiene la virtud de sorprendernos, de recordarnos cosas que creíamos olvidadas, de abrirnos a un futuro de esperanza, de darnos la seguridad de la presencia del Señor en nuestras vidas. Este primer domingo de octubre nos habla de Santa María, nuestra Madre, bajo las advocaciones del Rosario y del Pilar. También de la Jornada Misionera del Domund y de tantos santos que nos dejaron una huella imborrable como Santa Teresa de Jesús, de los Papas san Juan XXIII y san Juan Pablo II, de San Lucas, de Santa Francisco de Asís y de tantos otros. Vivamos con intensidad este mes tan especial.
La primera lectura la hemos tomado del profeta Habacuc. Cuando hablaba a su pueblo era muy consciente de cómo, muchas veces, nuestras súplicas de seres humanos, parecían perderse en el vacío y en la nada, pero que no era así. El Señor escucha siempre las necesidades que le exponemos. Y no nos deja solos ante los males que la vida nos pone por delante. Por eso, decía, “el justo vive por su fe”.
La segunda lectura, de San Pablo a Timoteo, recuerda la necesidad de ser valientes porque “Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza”. El bautismo que un día recibimos, la imposición de manos de la confirmación y del orden sacerdotal, nos impulsan a dar, en todo momento, testimonio de Jesús.
El relato del evangelio de San Lucas nos ha insistido en la necesidad de repetir una plegaria breve y sencilla: “Señor, auméntanos la Fe”. Es fácil que la duda penetre en nuestra mente y en nuestro corazón, que la fe se debilite, que no veamos claro el camino o que nos sintamos sin fuerzas para seguir. Eso es normal. Nos decía también Jesús que no nos sintamos excesivamente orgullosos de lo que hemos hecho bien y que nos digamos: “Hemos hecho, sencillamente, lo que teníamos que hacer”.
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