
HOMILÍA
Hemos escuchado las lecturas correspondientes al domingo treinta y tres del tiempo ordinario, que es el domingo previo a la Solemnidad de Cristo Rey; tras la cual, comenzaremos, unos días después, el tiempo litúrgico del Adviento. Este día de hoy está unido a la Jornada Mundial de los Pobres 2025 con el lema: “Tú, Señor, eres mi esperanza”. Así lo quiso, en su día, el Papa Francisco. No se trata de hacer una nueva colecta sino de que, en nuestra mente y en nuestro corazón, ocupen un lugar privilegiado todos aquellos que sufren por la falta de lo más imprescindible, sea aquí entre nosotros o en cualquier lugar del mundo.
La primera lectura la hemos tomado del profeta Malaquías. Sus palabras miran hacia ese final del mundo, de la historia, de la humanidad. Un final en el que “todos los orgullosos y malhechores serán como paja” que se consume por el fuego y en el que, a los justos, “les iluminará un sol de justicia y encontrarán la salvación”. Hagamos que nuestra vida vaya por este segundo camino.
La segunda lectura, de San Pablo a los Tesalonicenses, nos recordaba esa famosa frase que todos conocemos: “El que no trabaje, que no coma.” El apóstol nos recuerda la necesidad de implicarnos en el trabajo para ganar el pan de cada día y para hacer un mundo mejor. La pereza, la vagancia, el dejar pasar los días sin hacer nada, nos hace merecedores de escuchar estas palabras de Pablo: “A esos les mandamos y exhortamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con sosiego para comer su propio pan.” Amemos el trabajo, ayudemos a los trabajadores.
El evangelio de Lucas mira también al final del mundo y de la historia. No será fácil nuestra vida aquí en la tierra, es verdad: Habrá luchas, seremos perseguidos “Pero, ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.” decía Jesús
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