
HOMILÍA
El tiempo de Pascua que tuvo su comienzo aquella mañana radiante de Pascua de Resurrección, está a punto de terminar. Las lecturas de este domingo, sexto de Pascua, encierran dentro de sí una llamada a seguir sintiendo, dentro de nosotros, el gozo de saber que Jesús Resucitado habita en su Iglesia y en el corazón de todos y de cada uno de nosotros. Que un día desaparecerá de la vista de los suyos, sí, pero que les asegurará su vuelta. Y, mientras tanto, les hace también la promesa del envío del Espíritu Santo. Como Iglesia, sabemos, que caminamos hacia la solemnidad de Pentecostés.
La primera lectura la hemos tomado del libro de los Hechos de los Apóstoles. Uno de los amigos de Jesús, Felipe, habla de él, con tal entusiasmo, que “la ciudad entera se llenó de alegría”. Así debía ser nuestro anuncio de Jesús: Hablemos de él, de tal forma, que aquellos que nos escuchen, sientan el gozo de saber que, algo nuevo, está naciendo en sus vidas y en sus corazones.
La segunda lectura, del Apóstol Pedro, nos viene a decir que nuestra predicación del mensaje de Jesús, ha de hacerse bien: con respeto, con delicadeza, con buena conciencia. Haciéndolo así, glorificaremos a Cristo Jesús, ya que, como él decía, es mejor sufrir haciendo el bien que sufrir haciendo el mal. Dejemos que el anuncio humilde de la Buena Noticia, produzca los efectos que se espera de él.
El relato del evangelio de Juan ha comenzado con una frase llena de sentido: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos.” ¿Cómo podríamos decir que amamos a Jesús si pasáramos por alto lo que él quiere que hagamos a dejemos de hacer? Y, porque no es fácil vivir como debemos hacerlo, dediquemos tiempo a la oración, para que la fuerza del Espíritu Santo nos llene de Fe, de esperanza y de caridad.
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