
HOMILÍA
Tras haber vivido la experiencia intensa de toda una Semana Santa que terminaba con la celebración solemne de la Pascua de Resurrección, estamos llamados a vivir el llamado Tiempo Pascual. Una y otra vez, vamos a recordar lo que constituye el hecho central de nuestra Fe: la Resurrección de Jesús. Una y otra vez, vamos a recitar o a cantar el aleluya. Una y otra vez, vamos a sentir esa alegría que nace del sepulcro vacío, del Jesús que sale al encuentro de sus amigos los apóstoles.
La primera lectura la hemos tomado del libro de los Hechos de los Apóstoles. Con un lenguaje, quizás idealizado, se nos ha descrito la vivencia de aquellos primeros cristianos: “Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones”. ¡Ojalá que también de nosotros, dos mil años después, se pudiera decir lo mismo! Pensemos si seguimos fielmente la enseñanza de los Apóstoles, si la leemos y estudiamos, si predomina en nuestras comunidades la unión y el amor; si participamos, habitualmente, en la fracción del pan, es decir, en la Eucaristía, en la misa; si sentimos la necesidad de reunirnos para rezar juntos.
La segunda lectura, del Apóstol San Pedro, nos ha hablado de la Resurrección de Jesús, de la alegría que nos inunda, de la esperanza que nos anima a los cristianos. Recordemos muchas veces que somos creyentes en un Jesús Resucitado, en alguien que está vivo.
La lectura del evangelio de Juan ha tenido dos partes: La primera es la aparición de Jesús a unos apóstoles impresionados por un hecho que no acaban de entender. La segunda, con Tomás como protagonista, nos lleva a escuchar unas conocidas palabras: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Reavivemos la fe en el Resucitado. Pensemos en Jesús que, con las llagas todavía visibles, nos desea a todos el don de la Paz.
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