
DICHOSO TÚ, TOMÁS
Dichoso tú, Tomás, que viste las llagas y quedaste tocado; te asomaste a las vidrieras de la misericordia y quedaste deslumbrado; palpaste las heridas de los clavos y despertaste a la vida; metiste tu mano en mi costado y recuperaste la fe y la esperanza perdidas. Pero, ¿qué hicieron después, Tomás, tus manos?
Ahora, ven conmigo a tocar otras llagas todavía más dolorosas: Mira de norte a sur, de izquierda a derecha, del centro a la periferia, llagas por todos los lados: las del hambriento, las del emigrante, las del parado, las del sin techo, las del accidentado, las del enfermo, las del niño que trabaja, las del joven desorientado, las de la persona mayor abandonado, las de la mujer maltratada, las del torturado, las de todos los excluidos.
¿Quieres más pruebas, Tomás? Son llagas abiertas en mi cuerpo y no basta rezar: ¡Señor mío y Dios mío! Hay que gritarlo y preguntar por qué; hay que curarlas con ternura y saber; hay que cargar muchas vendas, muchas medicinas… y ¡todo el amor que hemos soñado!
¡Trae tus manos otra vez, Tomás!
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