
HOMILÍA
Hemos escuchado las lecturas propias del domingo veintitrés del tiempo ordinario en este primer encuentro dominical del mes de Septiembre, mes del fin de las vacaciones para muchos, mes de la vuelta al colegio y al instituto para nuestros niños y jóvenes, mes en el que recibiremos la invitación para que, esos niños y jóvenes, se incorporen a la catequesis parroquial, mes de la fiesta de la Natividad de María, en el que tantos pueblos celebrarán las fiestas patronales en su honor.
La primera lectura la hemos tomado del profeta Ezequiel. Hemos visto cómo recibe del Señor la encomienda de ser centinela en medio de su pueblo. El centinela es el que avisa de un posible peligro, el que da seguridad. No se puede dormir ni despistar. No puede hacer dejación de sus funciones. Hay centinelas militares, sí, pero los sacerdotes, los maestros, los padres, los educadores, los que ejercen una autoridad, también han de ser considerados centinelas que llaman la atención cuando los feligreses, los alumnos, los hijos, no se están comportando correctamente. No pueden permanecer indiferentes o pasar de largo.
La segunda lectura, de San Pablo a los cristianos de Roma, ha resumido en una sola palabra, en un solo mandato, todos los deberes y obligaciones que tenemos los creyentes. Como recordamos, es el amor al prójimo, Más, si es necesitado, si sufre. “A nadie le debamos nada, más que amor” nos insistía el apóstol. Siempre podemos amar más y mejor a las personas con las que nos relacionamos.
El relato del evangelio de San Mateo nos ha hablado del servicio de la reprensión fraterna cuando es necesario. También nos ha dicho que, cuando un grupo se reúne para pedir algo al Señor, lo tiene más fácil de conseguir. Esa unión hace posible que el Señor esté en medio de nosotros. Recemos personal, pero también comunitariamente. Juntos.
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