
HOMILÍA
Jesús, que ha permanecido durante muchos años en esta tierra, que ha compartido la mesa y el pan con los pobres y los sencillos, que ha hecho milagros y pronunciado enseñanzas sublimes, que ha sufrido pasión y muerto en la cruz, que ha resucitado como había dicho, que ha acompañado a sus amigos los apóstoles durante cuarenta días, considera llegado el momento de desaparecer de la vista de los suyos, no sin antes haber puesto en marcha la Iglesia bajo la guía de Pedro. Hoy celebramos su partida de entre nosotros, su Ascensión, para enviarnos el don del Espíritu Santo.
Y, en este día, en muchas parroquias de nuestras comunidades, hay niños y niñas que han elegido esta fecha para recibirle a él en la Comunión por primera vez. Se visten de fiesta, su familia siente una alegría especial y todos recordamos cuando esa primera comunión la recibimos nosotros. Vamos a acompañarles con nuestra presencia y, sobre todo, con nuestra oración. Que no ocurra nunca que la primera comunión sea la última. Acompañémosles no solo en este acontecimiento especial sino también en el día a día. Recemos con ellos y por ellos. Que nos vean comulgar con devoción y con frecuencia.
El Jesús que asciende a los cielos no se va para desentenderse de este mundo sino que “ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino”. No nos deja solos y abandonados a nuestra suerte. Dentro de unos días celebraremos la fiesta de Pentecostés, la fiesta que nos recuerda la venida del Espíritu Santo. Él, en nombre de Jesús, nos fortalecerá, nos acompañará, nos llenará de vida y de esperanza. Nos convertirá en testigos hasta los confines de la tierra. Dejémonos guiar por él. Dirijamos hacia él nuestra plegaria.
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